Exorcismo

Exorcismo, Exorcismo Real

Exorcismo
Exorcismo

Las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia - Libro 1

Palabras de un ángel a la esposa sobre si el espíritu de sus pensamientos es bueno o malo; sobre cómo hay dos espíritus, uno increado y uno creado, y sobre sus características.

Capítulo 54

Un ángel habló a la esposa, diciendo: “Hay dos espíritus uno increado y uno creado. El increado tiene tres características. En primer lugar, es caliente, en segundo lugar es dulce y en tercer lugar es limpio. Primero, emite calor, no de las cosas creadas sino de sí mismo, pues, junto con el Padre y el Hijo, el es Creador de todas las cosas y todopoderoso. Él emana calor cuando toda el alma se inflama de amor por Dios. Segundo, es dulce, cuando nada complace ni deleita al alma más que Dios y la acumulación de sus obras. Tercero, es limpio y en Él no se puede hallar pecado ni deformidad, ni corrupción o mutabilidad.

Él no emana calor, como el fuego material o como el sol visible, haciendo que las cosas se derritan. Su calor es más bien el amor interno y el deseo del alma, que la llena y la agranda en Dios. Él es dulce para el alma, no de la misma forma en que lo es el vino o el placer sensual o algo que sea dulce en el mundo. La dulzura del Espíritu no se puede comparar con ninguna dulzura temporal y es inimaginable para aquellos que no la han experimentado. Tercero, el Espíritu es tan limpio como los rayos del sol, en los que no se puede encontrar mancha alguna.

El segundo, es decir, el espíritu creado también tiene tres características. Es ardiente, amargo e inmundo. Primero, quema y consume como el fuego, pues encandila al alma que posee con el fuego de la lujuria y el deseo depravado, de forma que el alma no puede ni pensar ni desear otra cosa que en satisfacer su deseo, hasta el punto de que, como resultado de ello, su vida temporal a veces se pierde con todo su honor y consolación. Segundo, es tan amargo como la hiel, pues al inflamar el alma con su lujuria los demás gozos se le hacen insulsos y los gozos eternos le parecen fatuos.

Todo lo que tiene que ver con Dios, y que el alma habría de hacer por Él, se le vuelve amargo y tan abominable como un vómito de bilis. Tercero, es inmundo, pues hace al alma tan vil y propensa al pecado que no se avergüenza de pecar ni desistiría de hacerlo si no fuera por que teme verse avergonzada ante otras personas, más que ante Dios. Es por esto que este espíritu arde como el fuego, porque quema por la iniquidad y encandila a los otros junto con él. También es por esto que este espíritu es amargo, porque todo lo bueno se le hace amargo y desea tornar lo bueno en amargo para los demás igual que hace consigo mismo. También es por esto que es inmundo, porque se deleita en la corrupción y busca hacer a los demás como a sí mismo.

Ahora bien, tú me puedes preguntar y decir: ‘¿Acaso no eres también tú un espíritu creado como ese? ¿Por qué no eres igual?’ Yo te respondo: Por supuesto que estoy creado por el mismo Dios que también creó al otro espíritu, pues tan sólo hay un Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y estos no son tres dioses sino un solo Dios. Ambos fuimos bien hechos y creados por Dios, porque Dios tan sólo ha creado lo bueno. Pero Yo soy como una estrella, pues me he mantenido fiel en la bondad y en el amor de Dios, en quien fui creado, y él es como el carbón, porque ha abandonado el amor de Dios. Por ello, igual que una estrella tiene brillo y esplendor y el carbón es negro, un buen ángel, que es como una estrella, tiene su esplendor, o sea, el Espíritu Santo.

Pues todo lo que tiene lo tiene de Dios, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Crece inflamado en el amor de Dios, brilla en su esplendor, se adhiere a él y se conforma a sí mismo con su voluntad sin querer nunca nada más que lo que Dios quiere. Es por esto que arde y es por esto que está limpio. El demonio es como feo carbón y es más feo que ninguna otra criatura, porque, igual que era más hermoso que los demás, tuvo que volverse más feo que los demás porque se opuso a su Creador. Igual que el ángel de Dios brilla con la luz de Dios y arde incesantemente en su amor, así el demonio está siempre quemándose en la angustia de su maldad. Su maldad es insaciable, como la gracia y la bondad del Espíritu Santo es indescriptible. No hay nadie en el mundo tan enraizado en el demonio que el buen Espíritu no lo visite alguna vez y mueva su corazón. Igualmente, tampoco hay nadie tan bueno que el demonio no trate de tocarlo con la tentación. Muchas personas buenas y justas son tentadas por el demonio con el permiso de Dios. Esto no es por maldad alguna de su parte sino para su mayor gloria.

El Hijo de Dios, uno en divinidad con el Padre y el Espíritu Santo, fue tentado en la naturaleza humana que tomó. ¡Cuánto más son sus elegidos puestos a prueba para una mayor recompensa! De nuevo, muchas buenas personas caen a veces en pecado y su conciencia se oscurece por la falsedad del demonio, pero ellos se vuelven a levantar robustecidos y se mantienen más fuertes que antes mediante el poder del Espíritu Santo. Sin embargo, no hay nadie que no se dé cuenta de esto en su conciencia, tanto si la sugestión del demonio conduce a la deformidad del pecado como a la bondad, sólo con pensar en ello y examinarlo cuidadosamente. Y así, esposa de mi Señor, tú no has de dudar sobre si el espíritu de tus pensamientos es bueno o malo. Pues tu conciencia te dice qué cosas has de ignorar y cuáles escoger.

¿Qué ha de hacer una persona que está llena del demonio si, por esta razón, el Espíritu bueno no puede entrar en ella? Tiene que hacer tres cosas. Ha de hacer una pura e íntegra confesión de sus pecados, la cual, aún cuando no pueda estar profundamente arrepentida, debido a la dureza de su corazón, aún le puede beneficiar en la medida en que –debido a su confesión—el demonio le de cierta tregua y se aparte del camino del Espíritu bueno. Segundo, ha de ser humilde, decidir reparar los pecados cometidos y hacer todo el bien que pueda, y entonces el demonio empezará a abandonarla. Tercero, para conseguir que vuelva a ella de nuevo el buen Espíritu tiene que suplicar a Dios en humilde oración y, con el verdadero amor, arrepentirse de los pecados cometidos, ya que el amor a Dios mata al demonio. El demonio es tan envidioso y malicioso que antes muere cien veces que ver a alguien hacer con Dios un mínimo bien por amor”.

Entonces, la bendita Virgen habló a la esposa, diciendo: “¡Nueva esposa de mi Hijo, vístete, ponte el broche, es decir, la pasión de mi Hijo!” Ella le respondió: “¡Señora mía, pónmelo tú misma!” Y Ella dijo: “Claro que lo haré. También quiero que sepas cómo fue dispuesto mi Hijo y por qué los padres lo desearon tanto. Él estuvo, como si dijéramos, entre dos ciudades. Una voz de la primera ciudad le llamó diciendo: ‘Tú, que estás ahí entre las ciudades, eres un hombre sabio, pues sabes cómo protegerte de los peligros inminentes. También eres lo bastante fuerte como para resistir los males que amenazan. Además eres valiente, pues nada temes. Hemos estado deseándote y esperándote ¡Abre nuestra puerta! ¡Los enemigos la están bloqueando para que no se pueda abrir!’

Una voz de la segunda ciudad se oyó diciendo: ‘¡Tú hombre humanísimo y fortísimo, escucha nuestras quejas y gemidos! ¡Considera nuestra miseria y nuestra miserable penuria! Estamos siendo trillados como hierba cortada por una guadaña. Estamos languideciendo, apartados de toda bondad y toda nuestra fuerza nos ha abandonado ¡Ven a nosotros y sálvanos, pues solo a ti hemos esperado, hemos puesto nuestra esperanza en ti como libertador nuestro! ¡Ven y termina con nuestra penuria, transforma en gozo nuestros lamentos! ¡Sé nuestra ayuda y nuestra salvación! ¡Ven, dignísimo y benditísimo cuerpo, que procede de la purísima Virgen!’

Mi Hijo escuchó estas dos voces de las dos ciudades, es decir, del Cielo y del infierno. Por ello, en su misericordia, abrió las puertas del infierno mediante su amarga pasión y el derramamiento de su sangre, y rescató de allí a sus amigos. También abrió el Cielo, y dio gozo a los ángeles, al conducir hasta allí a los amigos que había rescatado del infierno ¡Hija mía, piensa en estas cosas y mantenlas siempre ante ti!”
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