Pensando en ti Angeles del Infierno

Pensando en ti Angeles del Infierno

Pensando en ti Angeles del Infierno

VIMOS UN FANTASMA

Sucedió en Estonia. Varios amigos viajamos a ese remoto país a orillas del mar Báltico con la intención de fotografiar sus exquisitos paisajes. Era invierno. El sol se ponía tan sólo a las cuatro horas de haber salido. Nos encontrábamos en Paldiski, una diminuta localidad costera esculpida sobre rocas cámbricas. Pasamos la noche en una escuela.

Lo que allí sucedió hizo que recordemos aquella noche con una delirante mezcla de horror y desamparo.

Eran las 9 de la tarde cuando nos disponíamos a cenar una rancia y escasa ración de sopa de remolacha acompañada con pan negro. La temperatura exterior era de unos 10 grados centígrados bajo cero pero dentro de la estancia, junto al hornillo, la sensación térmica rozaba la calidez.

Nos encontrábamos todos sentados en círculo, charlando, cuando un intenso frío se apoderó de nuestros cuerpos. Era un frío despiadado y a la vez dulce. Callamos. Nos miramos entre nosotros con miedo. Yo pensé que alguien había entrado en la escuela, algo que atribuiría la causa de aquella sensación de frío intenso a la corriente. Pero no oímos ningún ruido, ninguna voz, ningún paso. El frío cesó súbitamente y algunos de nosotros bromeamos sobre la posibilidad de que hubieran fantasmas. Fantasmas de cuento, de aquellos que abrían y cerraban puertas y ventanas.

Entonces vimos un fantasma.

Una silueta negra empezó a dibujarse junto al marco de la puerta. Surgió de la nada, del vacío. La cara era la de un chico angustiado. Pensé que debía tener unos catorce años, no más. Una capa de escarcha recubría su cabello. Oía a mucha gente llorar, pero aquellos llantos no pertenecían al lugar de donde el chico venía. Eran mis compañeros de viaje, sumidos varios de ellos en una profunda crisis de pánico. Yo no lloré.

La aparición duró lo que dura un rayo y fue estática, como una escultura esculpida en hielo.

Después de la tormenta llegó la calma. Los sollozos callaron y cuando conseguimos calmar los últimos resquicios de aquella histeria colectiva, decidimos abandonar la escuela y pasar la noche bajo el porche de la estación de tren. Una experiencia romántica de no ser por el intenso frío, y por supuesto, de lo que había sucedido.

Durante el resto de nuestro viaje hablamos largo y tendido sobre aquello, incluso llegamos a reir en más de una ocasión.
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