Iglesia Nuestra Señora del Carmen

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Palabras de la Virgen a la esposa, explicándole su dolor en la pasión de Cristo, y sobre cómo el mundo fue vendido por Adán y Eva y recuperado mediante Cristo y su Madre la Virgen.

Capítulo 35

Habló María: “Considera, hija, la pasión de mi Hijo. Sentí como si los miembros de su cuerpo y su corazón fueran los míos. Lo mismo que los otros niños son normalmente gestados en el útero de su madre, igual ocurrió en mí. Sin embargo, Él fue concebido por la ferviente caridad del amor de Dios, mientras que otros son concebidos por la concupiscencia de la carne. Así, su primo Juan dijo rectamente: ‘El Verbo se hizo carne’. Él vino y estuvo en mí por el amor. El verbo y el amor lo crearon en mí. Él fue para mí como mi propio corazón y, por ello, cuando di a luz sentí que la mitad de mi corazón había nacido y salido de mí.

Cuando Él sufría, sentía cómo sufría mi propio corazón. Cuando algo está mitad fuera y mitad dentro, si la parte de fuera es dañada, la parte de adentro siente un dolor parecido. De la misma manera, cuando mi Hijo fue azotado y herido, era como si mi propio corazón estuviera siendo azotado y herido. Yo era la persona más cercana a Él en su pasión, y nunca me separé de Él. Estuve al lado de su cruz y, como quien está más cerca del dolor lo sufre más, así su dolor fue peor para mí que para los demás. Cuando Él me miró desde la cruz y yo lo miré, mis lágrimas brotaron de mis ojos como sangre de las venas.

Cuando Él me vio desbordada de dolor, se sintió tan angustiado por mi dolor que todo el dolor de sus propias heridas se amainó al ver el dolor en mí. Por ello puedo decir que su dolor era mi dolor y que su corazón era mi corazón. Igual que Adán y Eva vendieron el mundo por una sola manzana, puedes decir que mi Hijo y Yo recuperamos el mundo con un solo corazón. Así, hija mía, piensa en cómo estaba yo cuando murió mi Hijo y así no te resultará difícil prescindir del mundo”.

Instrucciones de Cristo a la esposa sobre la forma de vivir. También sobre cómo el demonio admite ante Cristo que la esposa ama a Cristo sobre todas las cosas; sobre la pregunta que el demonio le hace a Cristo de por qué la ama tanto y sobre la caridad que Cristo tiene hacia la esposa, como descubre el demonio.



Lea las Revelaciones de Santa Brígida

Capítulo 34

Soy el Creador del Cielo y la tierra y, en las entrañas de la Virgen María, fui verdadero Dios y hombre, que morí, resucité y ascendí a los cielos. Tú, mi nueva esposa, has llegado a un lugar desconocido y, por ello, has de aprender cuatro cosas: Primera, el idioma del lugar; segunda, cómo vestirte adecuadamente; tercera, cómo organizar tus días y tu tiempo según los usos del lugar; cuarto, acostumbrarte a una nueva alimentación. Igual que has venido de la inestabilidad del mundo hasta la estabilidad, debes aprender un nuevo idioma, o sea, cómo abstenerte de palabras inútiles y aún de las más legítimas, debido a la importancia del silencio y la quietud.

Has de vestirte de humildad interior y exterior, de forma que ni te ensalces a ti misma interiormente por creerte más santa que otros, ni externamente te sientas avergonzada de actuar públicamente con humildad. Tercero, tu tiempo ha de ser regulado de manera que, igual que a menudo acostumbrabas a dedicarle tiempo a las necesidades del cuerpo, ahora sólo tengas tiempo para el alma y nunca quieras pecar contra mí. Cuarto, tu nueva alimentación es la prudente abstinencia de la glotonería y los manjares, tanto como lo puede soportar tu natural constitución. Los actos de abstinencia que exceden la capacidad de la naturaleza no me agradan, pues Yo exijo racionalidad y sumisión de los deseos”.

En ese momento, apareció el demonio. El Señor le dijo: “Tú fuiste creado por mí y viste en mí toda justicia. ¡Dime si esta nueva esposa es legítimamente mía por derecho demostrado! Te permito que veas y entiendas su corazón para que sepas cómo contestarme. ¿Ama ella algo más que a mí o me cambiaría por algo?” El demonio le contestó: “Ella no ama nada como a ti. Antes que perderte se sometería a cualquier tormento, siempre que tú le dieras la virtud de la paciencia. Veo como un vínculo de fuego descendiendo de ti hasta ella, que amarra tanto su corazón a ti que ella no piensa ni ama nada más que a ti”.

Entonces, el Señor le dijo al demonio: “Dime qué siente tu corazón y si te gusta el gran amor que siento hacia ella”. El demonio respondió: “Tengo dos ojos, uno corporal –aunque no soy corpóreo—por medio del cual percibo las cosas temporales tan claramente que no hay nada escondido ni tan oscuro que se pueda esconder de mi. El segundo ojo es espiritual, y con él veo todo el dolor, aunque sea muy leve, y puedo entender a qué pecado pertenece. No hay pecado, por tenue y leve que sea, que yo no pueda ver, a menos que haya sido purgado por la penitencia. Sin embargo, pese a que no hay órganos más sensibles que los ojos, dejaría que dos antorchas ardientes penetraran mis ojos a cambio de que ella no viera con los ojos del espíritu.

También tengo dos oídos. Uno de ellos es corporal, y nadie habla tan privadamente que yo no lo pueda oír y saber gracias a este oído. El segundo es el oído espiritual y, ni los pensamientos ni los deseos de pecar se me pueden ocultar, a menos que hayan sido borrados con la penitencia. Hay cierto castigo en el infierno que es como un torrente hirviendo que chorrea de un terrible fuego. Lo sufriría dentro y fuera de mis oídos sin cesar si, a cambio, ella dejara de oír con los oídos de su espíritu. También tengo un corazón espiritual. Dejaría que lo cortaran interminablemente en trozos, y que se renovara continuamente para ser cortado de nuevo, si así su corazón se enfriase en su amor hacia ti. Pero, ahora, como tú eres justo, te quiero hacer una pregunta para que me la respondas: Dime ¿por qué la amas tanto y por qué no has elegido a alguien de mayor santidad, riqueza y belleza para ti?”.

El Señor respondió: “Porque esto es lo que la justicia demanda. Tú fuiste creado por mí y viste en mí toda justicia. Ahora que ella escucha ¡dime por qué fue justo que tú cayeras tan bajo y en qué pensabas cuando caíste!”. El demonio contestó: “Yo vi tres cosas en ti: Vi tu gloria y honor sobre todas las cosas y pensé en mi propia gloria. En mi soberbia, estaba dispuesto no sólo a igualarte sino a ser aún más que tú. Segundo, vi que eras el más poderoso de todos y yo quise ser más poderoso que tú. Tercero, vi lo que había de ser en el futuro y, como tu gloria y honor no tienen ni principio ni fin, te envidié, y pensé que con gusto sería torturado eternamente con toda suerte de castigos si así te hacía morir. Con tales pensamientos caí y así se creó el infierno”.

El Señor agregó: “Me has preguntado por qué amo tanto a esta mujer. Te aseguro que es porque Yo cambio en bondad toda tu maldad. Al volverte tan soberbio y no querer tenerme a mí, tu Creador, como a un igual, humillándome yo de todas las maneras reúno a los pecadores conmigo y me hago su igual compartiendo mi gloria con ellos. Segundo, por ese deseo tan bajo de querer ser más poderoso que Yo, hago a los pecadores más poderosos que tú y comparto con ellos mi poder. Tercero, por la envidia que me tienes, estoy tan lleno de amor que me ofrezco a todos. Ahora, pues, demonio –continuó el Señor—tu corazón de oscuridad ha salido a la luz. Dime, mientras ella escucha, cuánto la amo”.

Y el demonio dijo: “Si fuera posible, estarías dispuesto a sufrir en todos y cada uno de tus miembros el mismo dolor que sufriste en la cruz antes que perderla”. Entonces el Señor replicó: “Si soy tan misericordioso que no rehúso perdonar a nadie que me lo pida, humildemente pídeme tú mismo misericordia y Yo te la daré”. El demonio le respondió: “¡Eso no lo haré de ninguna manera! En el momento de mi caída se estableció un castigo para cada pecado, para cada pensamiento o palabra indigna. Cada uno de los espíritus que caiga tendrá su castigo. Pero antes que doblar mi rodilla ante ti, me tragaría todos los castigos mientras mi boca se pudiera abrir y cerrar en el castigo y se renovara eternamente para ser castigado de nuevo”.

Entonces, el Señor le dijo a su esposa: “¡Mira qué endurecido está el príncipe del mundo y qué poderoso es contra mí gracias a mi oculta justicia! Ten certeza de que podría destruirlo en un segundo por medio de mi poder, pero no le hago más daño que a un buen ángel del cielo. Cuando llegue su tiempo, y ya se está acercando, lo juzgaré a él y a sus seguidores. Por esto, esposa mía, ¡persevera en las buenas obras! ¡Ámame con todo tu corazón! ¡No temas a nada más que a mí! Pues Yo soy el Señor por encima del demonio y de todo lo que existe”.

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