San Gregorio Magno Biografia, Imagenes, Historia, Oraciones, Vida

San Gregorio Magno Biografia, Imagenes, Historia, Oraciones, Vida

SAN GREGORIO EL GRANDE, PAPA, CONFESOR Y DOCTOR

Día 3 de septiembre

San Gregorio, á quien con justicia se da el distinguido título de Magno, y es universalmente reconocido por uno de los más santos pontífices y de los más célebres doctores de la Iglesia, nació en Roma, hacia la mitad del siglo vi. Su padre Gordiano era persona de mucha distinción en aquella corte, así por su empleo de senador como por su antigua nobleza, y su madre Silvia no lo era menos por su rara piedad. Habiendo nacido de una familia tan ilustre y tan santa, no podía echar menos la más cuidadosa educación, aunque su rica índole la dejó poco que hacer. El ingenio excelente, las incli­naciones todas nobles, todas cristianas, todas generosas, y un ar­diente amor al estudio, le constituyeron en poco tiempo la admira­ción del Senado. Señalóse tanto en él, así por su rara sabiduría como por su nerviosa elocuencia y prudencia extraordinaria, que el em­perador Justino II, sin reparar en sus pocos años, le confirió el em­pleo de prefecto, esto es, de gobernador de Roma, atendiendo en esto más á su mérito que á su calidad.

No se entibiaron ni descaecieron sus piadosísimos dictámenes con esta primera dignidad del imperio romano en Italia. Crecía con los honores el deseo de ponerse á cubierto de los peligros, y le parecía más á propósito para la salvación la vida particular. Facilitóle Dios el camino con la muerte de su padre Gordiano, que, con una rica herencia, le dejó entera libertad para disponer de su persona, espe­cialmente después que su madre se retiró á la casa de Celanova para vivir con el recogimiento correspondiente á una devota viuda. Fundó y dotó seis monasterios en Sicilia, donde tenía gran parte de su pa­trimonio, y otro séptimo en Roma, en su casa paterna, dedicado á San Andrés, el cual subsiste hoy, y le ocupan los PP. Camaldulenses. Hecho esto, renunció el oficio de prefecto, vendió lo que restaba de su hacienda con todos sus preciosísimos muebles, repartió el pre­cio entre los pobres y, dejando enteramente el mundo, tomó el há­bito de monje en su monasterio de San Andrés, bajo la disciplina del santo abad Valencion.

Informado el papa Pelagio II de las grandes prendas de virtud y sabiduría de Gregorio, le ordenó diácono de la Iglesia de Roma, y le envió con carácter de Nuncio á Constantinopla, para que nego­ciase con el emperador Tiberio algún socorro contra los longobardos.

En este viaje y estancia en Constantinopla conoció y trabó estre­chísima amistad con San Leandro, arzobispo de Sevilla, á cuyas ins­tancias compuso aquella excelente obra de los Morales sobre Job.

Tuvo muchas conferencias con Eutiques, patriarca de Constantinopla, que estaba imbuido en el error de Orígenes, que, después de la resurrección, no habían de ser palpables nuestros cuerpos. Conven­cióle San Gregorio, y el Patriarca se desengañó tan de veras de su error, que, estando para morir, tomaba la piel de su brazo con la mano, y decía: Creo que todos hemos de resucitar en esta misma carne.

Volvió San Gregorio á Roma á fin del año 585, y, habiéndose re­tirado á su monas­terio de San An­drés, le obligaron á encargarse de su gobierno, hacién­dole abad, por ha­ber sido promovido Maximiano al obis­pado de Siracusa. Hizo florecer en él la observancia re­ligiosa con tanta perfección, que, ha­biendo sabido que un monje tenía guardadas sin li­cencia tres mone­das de oro, no sólo mandó que ningu­no del monasterio le visitase durante su última enfer­medad, sino que no obstante haber muerto muy arre­pentido de su peca­do, no quiso que se le diese sepultura eclesiástica, orde­nando le enterrasen en un muladar, juntamente con las tres monedas de oro, y que en vez de responso, cada monje cantase alrededor de la sepultura aquellas palabras que pronunció San Pedro contra Simón Mago: Que tu dinero te sir­va de perdición;—severidad que usó el Santo para escarmiento de los demás; aunque después mandó celebrar treinta Misas por el alma de aquel monje, que en la última de ellas se apareció glorioso al santo abad, dándole las gracias por su caridad y por su rigor; sien­do éste el principio de las treinta Misas que llaman de San Gregorio. : Murió de peste el papa Pelagio el año 590, y el Clero, el Senado y todo el pueblo romano, de unánime consentimiento, pidieron al diácono Gregorio por su sucesor. Sólo él desaprobó y se resistió á su elección. Pero en vano escribió al emperador Mauricio para que no la aprobase; en vano se escapó, fugitivo y disfrazado, ocultándose en la gruta de un intrincado bosque; buscáronle, encontráronle, condujéronle á Roma, y fue consagrado el día 3 de Septiembre del mismo año con aplauso universal.

Quiso dar razón del motivo de su fuga, cuando le eligieron Papa, á Juan, obispo de Rávena, y le dirigió su excelente libro del Cui­dado pastoral. Lleno del mismo espíritu que San Pablo, explica en él las tremendas obligaciones del cargo episcopal, de que se tenía por indignísimo, siendo así que era el más perfecto modelo de santí­simos prelados.

No es fácil explicar el tierno y afectuoso cuidado con que este santo pastor miraba por todo su rebaño, ni la grande extensión é infatiga­ble solicitud con que se dilataba su vigilancia á todas las necesida­des de la universal Iglesia.

Reprimió la audacia de los lombardos, contuvo sus correrías, trabajó con felicidad en su conversión, y restituyó la paz á toda Italia. Redujo los donatistas y los demás cismáticos de África, á pesar de su obstinada pertinacia, y los puso en razón por medio de Gaudencio, gobernador de las siete provincias africanas. Destruyó en Es­paña y en toda la Europa las miserables reliquias del arrianismo. Tuvo el consuelo de ver los frutos de su ardiente celo por la conver­sión de los judíos, habiendo pedido el santo bautismo la mayor parte de ellos en Sicilia y en Cerdeña. Pudo tanto con los griegos el elevado concepto que formaron de su eminente santidad y de su raro mérito, que logró ver extinguidos todos los cismas particulares, y todas las turbaciones que después de tanto tiempo afligían á las Iglesias de Oriente y detenían el curso á los progresos del Evangelio. Pero el empeño más glorioso de su pontificado, y también el más ventajoso para toda la Iglesia, fue la conversión de los ingleses, que con justa razón le mereció el título de Apóstol de Inglaterra.

No se limitó el celo de nuestro Santo á la conversión de la Gran Bretaña. No hubo nación en todo el mundo cristiano, no hubo ape­nas iglesia particular, que no experimentase los efectos de la vigi­lancia, de la aplicación y de la caridad de este gran Pontífice. Pero lo que es más digno de nuestra admiración, y se puede tener como especie de milagro; es que este hombre, verdaderamente grande, pudiese hacer tantas maravillas estando casi continuamente postrado en una cama.

Todos los días tenía por convidados en su misma mesa á muchos pobres, y el Señor le dio á entender con repetidos milagros cuan grata le era esta caridad. Iba un día á lavar los pies á un pobre pe­regrino, según su santa costumbre, y el pobre de repente desapare­ció. Aquella misma noche se le apareció el Señor, y le dijo: Grego­rio, otros días me recibes en mis miembros; pero ayer me recibiste en mi Persona. Tenía escritos en un libro los nombres de todos los pobres de la ciudad de Roma, de los arrabales y lugares circunvecinos, á quienes señalaba una limosna diaria según su necesidad. Y habiendo sabido que en cierta aldea se había encontrado muerto á un pobre, se afligió tanto, temiendo que aquel pobre hubiese muerto de ham­bre por culpa suya, que en tres días se prohibió el ejercicio de todas, órdenes, en penitencia de su imaginada culpa.

Sustentaba en Roma á tres mil religiosas, y solía decir que estaba muy obligado á las lágrimas y á las oraciones de aquellas santas vírgenes, porque, con el mucho poder que tenían con Dios, habían dirigido á otra parte las armas de los lombardos, y habían restituido la paz á la Italia. A cierto obispo de un exterior muy compuesto, pero poco generoso con los pobres, le escribió: Que las rentas del pre­lado eran de los menesterosos; que importaba vivir con gran retiro y tener mucha oración, si no se hacían muchas limosnas; y que el obispo debía mirar á los pobres como si fuesen hijos suyos. Consti­tuido por Dios como padre común de todos los fieles, extendía su vi­gilancia á todas sus necesidades.

Reprendió á Januario, obispo de Caller, por haberse valido del poder que Dios le había dado para vengar una injuria particular. Escribió á Desiderio, arzobispo de Viena, que no perdiese el tiempo, alhaja preciosísima, en leer libros inútiles y profanos; y dio una se­vera reprensión á Natal, obispo de Salona en Dalmacia, porque, desatendiendo el cuidado de su iglesia, pasaba los días en convites y en ostentosas profanidades. A Pimenio, obispo de Amalfi, le envió á decir que no le había Dios hecho obispo para que estuviese conti­nuamente fuera de su obispado; y así, ó que le renunciase, ó que tratase de guardar la debida residencia.

Era exactísimo su celo, pero nunca amargo, siendo la suavidad parte de su carácter; y como era extremamente humilde, fue siem­pre apacible, dulce y sumamente sufrido.

Promulgó una ley el emperador Mauricio prohibiendo que nin­gún soldado tomase el hábito de monje. San Gregorio tomó la pluma y le escribió en éstos términos: Sería hacerse reo delante de Dios el no hablar con sinceridad, á los príncipes. La ley que prohíbe á los soldados abrazar el estado religioso, confieso, Señor, que me estre­mece por lo que toca á vos; porque es cerrar á muchos el camino del Cielo... Pero ¿quién soy yo, que hablo así á un grande Emperador, sino un vil gusano de la Tierra? Con todo eso, no puedo dejar de ha­blarle de esta manera, viendo que el Emperador se opone á Dios... Ve aquí lo que Jesucristo te dice por mi boca: De secretario te hice capitán de guardias; después César; después Emperador. ¿ Y tú des­vías á tus soldados de mi servicio? ¿Qué tendréis que responder cuan­do el Soberano Dueño os pida cuenta de vuestra administración?

Hizo poco fruto en el Emperador esta prudente representación; y Juan, patriarca de Constantinopla, llamado el Ayunador, contribu­yó mucho á enconarle contra nuestro Santo.

Tuvo mucho que padecer el santo Pontífice, así por parte del Em­perador como de los que eran enemigos de la Iglesia; pero siempre se mostró más grande en medio de las contradicciones. Oprimido de enfermedades, ejercitado con persecuciones, consumido de cuidados, que le causaba la solicitud de la Iglesia universal, no por eso cesa­ba de escribir y predicar.

Además de los Morales sobre Job, de que ya hemos hablado, y estan divididos en treinta y cinco libros, compuso los Diálogos sobré la vida y milagros de los Santos de Italia. Escribió esta obra á ins­tancias de sus hermanos, como el mismo Santo lo dice; esto es, de Pedro, su amigo antiguo, y de algunos otros monjes de su monasterio de San Andrés que vivían familiarmente con él. Las demás obras de San Gregorio son: El Pastoral; veintidós Homilías sobre Ezequiel; cuarenta Homilías sobre los Evangelios; El Antifonario, El Sacramentario, y ochocientas cuarenta Cartas, divididas en doce libros.

Esta multitud asombrosa de ocupaciones, á cuál más pesada cada una, no le embarazó para dedicar su atención á otras cosas menores. Fundó un seminario de músicos ó cantores, y se dedicó á reformar el canto de la Iglesia, componiendo el que ahora se llama Canto Llano, ó Canto Gregoriano. Su celo, siempre industrioso por la salvación de las almas, inventó é introdujo las letanías y procesiones que ins­tituyó para aplacar la ira de Dios, que afligía á la ciudad de Roma con una cruel peste. Reformó la profanidad, desterró los abusos y restituyó á su antiguo esplendor la disciplina eclesiástica, secular y regular. Tantos y tan apostólicos trabajos acabaron, en fin, aquella débilísima salud; y el día 12 de Marzo del año 604, cerca de los sesenta de su edad, á los trece años de su pontifica­do, fue este gran Santo á recibir en el Cielo el premio debido á sus gloriosas fatigas. Fue enterrado su cuerpo, con los honores co­rrespondientes, á espaldas de la sacristía antigua de la basílica de San Pedro. Los papas Clemente VIII y Paulo V hicieron trasladar sus reliquias á la nueva iglesia de San Pedro del Vaticano. El mo­nasterio de San Medardo de Soisons se gloría de tener algunas de San Gregorio, desde el año 826; y la ciudad de Sens juzga estar en posesión de su santa cabeza. Todo el universo rinde solemne culto á San Gregorio. Hasta los mismos griegos, aunque tan poco devotos de los santos de la Iglesia latina, le han hecho lugar en su liturgia; y el año 747 se estableció en la Gran Bretaña la fiesta de San Gre­gorio, como principal Apóstol de Inglaterra, desde que los ingleses y los sajones entraron á ocupar el lugar de los bretones.

La Misa es en honra de nuestro Santo, y la oración de la Misa la que sigue:

¡Oh Dios, que premiaste con la eterna bienaventuranza á la alma de tu siervo San Gregorio! Concédenos misericordiosamente que, pues estamos oprimidos con el peso de nuestros pecados, seamos aliviados de él por la eficacia de sus oraciones. Por Nuestro Señor Je­sucristo, etc.

La Epístola es del cap. 4 de la segunda del apóstol San Pablo a Timoteo.

Carísimo: Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar á los vi­vos y á los muertos por su venida y por su reino, que prediques la palabra; que instes á tiempo y fuera de tiempo; que reprendas, supliques y amenaces con toda paciencia y enseñanza. Porque vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes bien, juntarán muchos maestros, conformes á sus deseos, que les halaguen el oído, y no querrán oír la verdad, y se convertirán á las fábulas. Pero tú vela, tra­baja en todo, haz obras de evangelista, cumple con tu ministerio. Sé templado. Porque yo ya voy á ser sacrificado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He pelea­do bien, he consumado mi carrera, y he guardado la fe. Por lo demás, tengo reservada la corona de justicia que me dará el Señor en aquel día, el justo Juez, y no sólo á mí, sino también á todos los que aman su venida.

REFLEXIONES

Vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la doctrina sana. Demasiado ha llegado ya este tiempo de relajación y de indo­cilidad. ¿En qué otro tiempo más que en nuestro infeliz siglo gustan menos de la doctrina de Jesucristo los hombres que se precian de cristianos? ¿Cuándo se ha buscado con mayor empeño una moral amiga de loa sentidos, una doctrina sociable y acomodada?

Desagrada por lo común el que aprieta demasiado; pero está bien hallado con el desorden el que teme que le toquen. ¡ Oh gran Dios, y qué trastorno, no sólo del juicio, sino del propio interés! A la ver­dad, se encuentran todavía algunos hombres apostólicos que no sa­ben adular, y tienen valor para predicar la palabra de Dios y no la suya. Los mayores príncipes los oyen con religiosa docilidad, y auto­rizan la doctrina con su cristiana vida. Pero esos jóvenes disolutos, esas damas del gran mundo, esas mujeres vanas y sin reputación, esos esclavos de las diversiones y de los entretenimientos, esas infe­lices víctimas de los deleites, esas almas tan poco cristianas que pa­san los días en cierta refinada ociosidad y regalo; todas estas per­sonas de distinción y de carácter ¿toman el gusto á la doctrina, á la moral del Evangelio? ¿Con qué docilidad oyen aquellos oráculos de Jesucristo que es menester sujetar las pasiones, mortificar los sen­tidos, llevar la cruz, cumplir con las obligaciones de la justicia y de la ley para ser sus discípulos? ¿Con qué disposición leen un libro es­piritual, oyen un sermón y se presentan al sagrado tribunal de la penitencia? Juzguémoslo por sus costumbres.

El Evangelio es del cap, 5.º de San Mateo, y el mismo que el día 7.º

MEDITACIÓN

De la fidelidad en las cosas pequeñas.

Punto primero.—Considera que la fidelidad en las cosas peque­ñas nunca se tuvo por pequeña cosa ni por mediana. No parece pue­de haber prueba más visible de lo mucho que se ama á Dios, que el cuidado de no disgustarle en la cosa más mínima.

Las acciones de mayor estrépito y de mayor honra no siempre son las que más cuestan, ni aun las que más valen; las más menudas, las más obscuras en materia de devoción, especialmente cuando se ofrecen frecuentemente ocasiones de repetirlas, son por lo común las que mortifican más, y para las cuales es menester mayor venci­miento. Algunas veces, con un mediano amor de Dios se pueden ha­cer cosas grandes; pero no parece posible ser constantemente fiel en las pequeñas sin un grande amor de Dios.

El mismo Jesucristo parece que atiende únicamente á esta singu­lar fidelidad cuando se trata de premiar á los que le sirvieron. Alé­grate, siervo bueno y fiel, que por lo que fuiste en pocas cosas, Yo te colocaré sobre muchas. Lastimoso error el de aquellos que sólo aspi­ran á ser devotos y á ser fieles en cosas de entidad. ¿Se deberá creer que hacen por amor de Dios lo más dificultoso, cuando no quieren ejecutar lo más fácil?

Dios mío, ¿puede haber mayor ilusión ó tentación más perniciosa que la de imaginar que la virtud no depende de una puntual y me­nuda fidelidad? Pero ilusión, pero error tanto más digno de temerse, cuanto es más común y cuanto es menos temido. ¡Oh, Señor, y qué dolor es el mío por haber yo incurrido también en un error tan grosero! Haced, Se­ñor, que de aquí adelante sea mi conducta la prueba más visible de mi arrepentimiento.

Punto segundo. — Considera que es tan agradable á Dios esta exacta fidelidad en las cosas más menudas, que de ella, por decirlo así, quiso hacer pendientes las mayores maravillas.

¿Qué ceremonia más ligera que la de tener las manos levantadas hacia el Cielo? Pues con todo eso, de esta postura pendió la victoria de Israel contra los amalecitas.

Para vencer á los madianitas escogió Dios á solos trescientos solda­dos, que por ser menos regalones, ó más mortificados que los otros, no se echaron de bruces para beber en el río con mayor comodidad. Circunstancia harto ligera; y en medio de eso, esta pequeñez fue la que le dio la victoria al pueblo de Israel.

Herir la tierra dos ó tres veces más, ó dos ó tres veces menos, era ceremonia bien menuda. Sin embargo de eso, ¿qué has hecho, Joás?, grita el profeta Elíseo; ¿no has herido la tierra más que tres veces? Pues sábete que, si la hubieras herido cinco ó seis, te hubieras hecho dueño de toda la Siria.

¿Por ventura se baten y se arruinan las fortificaciones de una plaza sonando una trompeta? ¿Por ventura se desmantelan las mu­rallas de una ciudad dando procesionalmente una vuelta alrededor de ella? Y, no obstante, no quiere el Señor que se empleen otras armas para derribar los soberbios muros de Jericó. Toda la fuerza de Sansón esta aligada á sus cabellos. ¿Qué virtud no comunicó Dios á la débil vara de Moisés? ¡Buen Dios, qué instrucciones tan importantes nos dan estas figuras! ¡Qué misterios encierran!

Aquel magnífico elogio que hace el Espíritu Santo de la mujer fuerte, ¿á qué se reduce? ¿sobre qué recae? Declara que su virtud no tiene precio; que para encontrar una mujer de iguales prendas es menester andar muchas tierras, buscarla en los países más remo­tos. Y esto ¿por qué? Porque se aplica á hilar; porque se dedica á dar gusto á su marido; porque cuida de sus hijos y de su familia; porque paga á los sirvientes con puntualidad; todas obligaciones co­munes, en la apariencia poco esenciales; devoción de poco ruido. Con todo eso, á esto se reduce todo el mérito y todo el elogio de esta mujer extraordinaria; pero ¡ cuántas personas miran todas esas me­nudencias como cosas indiferentes!

¡ Dios mío, dadme la gracia que necesito para sacar todo el fruto posible de esta meditación!

JACULATORIAS

Muchas veces dije al Señor; Vos sois mi Dios, y no tenéis necesi­dad de mis bienes.—Ps. 15.

Entended bien esto los que vivís olvidados de Dios, especialmente en materias ligeras.—Ps. 49.

PROPÓSITOS

1. Nunca olvides la parábola de los talentos, y las expresiones de que se vale Dios para hacernos apreciar la fidelidad en cosas pe­queñas. Este solo oráculo vale por todas las reflexiones, por todos los Mandamientos juntos. En otro tiempo, allá en los primeros días de tu conversión, en los primeros años de fervor, tenías ciertas de­vociones, ciertos puntos de observancia, á que jamás faltabas sin remordimiento, haciendo escrúpulo de ser menos exacto en ellos. ¿Qué se hizo de aquella puntualidad, de aquella exactitud en el cumplimiento de la ley? ¿Qué se hizo de aquella fidelidad en las co­sas más pequeñas? Pues la doctrina de Jesucristo no se muda. Cuanto más te vas alejando del día de tu conversión, debieras ser más regular, más exacto, más mortificado, más fiel. Examina aquí tu co­razón y oye lo que te dice tu conciencia; pero no dejes pasar este día sin poner eficaz remedio á tu tibieza. Nota desde luego los pun­tos en que te sientes relajado; la oración, las devociones, las peni­tencias, las mortificaciones, todo lo que comenzaste á hacer y después has omitido.

2. Cuando leas las Vidas de los santos, repara cuidadosamente la exactitud con que fueron fieles en las cosas más pequeñas. Nin­guno dejó de ser muy sobresaliente en este particular, porque no hay medio más seguro para conservar la inocencia. Hacía de ellas tanto caso San Gregorio, papa, que, en medio de las más importantes y más trabajosas ocupaciones, era tan exacto en cumplir con sus de­vociones como pudiera el novicio más fervoroso. Profesaba tierna devoción á las cinco llagas de Cristo y á la Concepción de la Santísi­ma Virgen, haciendo todos los días á las primeras una corta oración, y rezando á la segunda todos los días tres Salves en memoria de su pureza inmaculada.
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