San Isidoro de Sevilla Biografia, Historia, Imagenes, Vida, Milagros

San Isidoro de Sevilla Biografia, Historia, Imagenes, Vida, Milagros

SAN ISIDORO DE SEVILLA (560 – 636)

VIDA

Su padre, Severiano, ocupaba seguramente un puesto importante en Cartagena, pero se vio obligado a salir de la ciudad y de la región durante la invasión de los Gordos (hacia 552). El menor de los cuatro hijos, inscritos todos en el catálogo de los santos, Isidoro, nació verosímilmente en Sevilla,donde la familia se había refugiado. Huérfano muy pronto, el niño fue educado por los cuidados de su hermano y de su hermana mayores, Leandro y Florentina. Ellos lo confiaron a un monasterio, donde inmediatamente se apasionó el escolar por las letras y la teología.

En 576 Leandro llegó a ser Arzobispo de Sevilla, mientras que en la misma época Florentina abrazaba la vida religiosa. Sin embargo uno y otro continuaron velando por la educación de su hermano menor.

La España de entonces no solamente estaba en poder de los Gordos sino que era presa de la herejía arriana que aquellos bárbaros habían llevado consigo. La conversión al catolicismo del Príncipe Hermenegildo, hijo mayor del Rey Leovigildo, inauró una era de reacción animosa y eficaz. Expulsado por su padre, Hermenegildo se refugió en Sevilla, donde movido por el Arzobispo organizó el restablecimiento de la verdadera Fe. Leandro fue a Constantinopla para obtener el apoyo del emperador. A pesar de que Isidoro tenía entonces tan sólo 20 años, se lanzó en la lucha contra el arrianismo. Desgraciadamente, en 585 Hermenegildo pereció en una celada tendida por su propio padre. Pero el Rey perseguidor murió a su vez poco después. Su hijo y sucesor, Recaredo, hermano de Hermenegildo, convencido por los milagros que se realizaban en la tumba del príncipe mártir, pensó como unirse a la Fe católica. Para justificar a los ojos del pueblo este cambio, propuso una controversia pública en la que sería demostrada la legitimidad y la superioridad del catolicismo. Esto fue el tercer Concilio de Toledo bajo la presidencia de San Leandro, metropolitano de la Bética (589). Con el rey y la reina, muchos dignatarios y los obispos arrianos abjuraron la herejía, arrastrando consigo a la masa del pueblo godo.

Isidoro entro entonces al claustro para consagrarse allí a la oración, a la penitencia y al estudio.

De allí salió en 60l para suceder a su hermano San Leandro en la sede arquiepiscopal de Sevilla, que ocuparía durante 36 años. Su otro hermano, San Fulgencio, fue obispo de Astigi.

Grande era su autoridad como lo prueban la parte que tomó en el Sínodo de Toledo en 6l0, luego la convocación por él mismo de otros dos sínodos en Sevillaen 6l9 y 625, ora para resolver cuestiones litigiosas entre diócesis, ora para volver a la ortodoxia a obispos sospechosos de desviación.

Presidió sobre todo el cuarto Concilio Nacional que se celebró en Toledo en 633, el cual legisló para toda la Iglesia de España y de la Galia narbonesa. Después de la promulgación del Sínodo de la Fe Católica, se tomaron medidas disciplinarias concernientes primeramente a la uniformidad de ritos que observan tanto en la celebración de la Misa como en la recitación del oficio divino, luego el celibato de los sacerdotes, en seguida las exenciones de los clérigos, y en fin la obligación de los obispos de sepervisar la administración civil y denunciar sus abusos. Isidoro, que había fundado ya en Sevilla un colegio para la educación de jóvenes clérigos, surgió y obtuvo que un establecimiento análogo se abriera en cada diócesis. Para reprimir los abusos de los judíos, el Concilio les prohibió: l) el tráfico de esclavos (los esclavos cristianos tenían que ser liberados); 2) el matrimonio con cristianos (los hijos de tales uniones debían ser bautizados) 3) el acceso a las funciones públicas. A fin de poner un término a la revolución que ensangrentaba al país, el Concilio tomó partido abiertamente contra el rey Suintila y a favor del usurpador Sisenando, el cual prometía sostener a la Iglesia Católica; decretó además que a la muerte del nuevo soberano, su sucesor sería electo por los grandes de la nación entre los cuales figuraban los obispos. He aquí la unión de la Iglesia y el Estado, con prioridad del poder eclesiástico sobre el poder civil.

Con esto se ve de cuán grande prestigio gozaba el arzobispo de Sevilla, no solamente entre los colegas los obispos, sino también entre los príncipes.

El relato sumario de sus últimos años y de sus últimos días, por uno de sus discípulos, revela su alma de santo: “sintiendo aproximarse su fin, miltiplicó sus limosnas con tal profusión que durante los últimos meses de su vida se vio acudir a él, de todos lados, una muchedumbre de pobres desde el amanecer hasta el anochecer. Algunos días antes de su muerte llamó a dos obispos, Juan y Eparquio, fue con ellos a la Iglesia,seguido de su clero y del pueblo. En medio del coro, uno de los obispos puso sobre él un cilicio, y el otro ceniza. Isidoro, levantando las manos al cielo, oró, se encomendó a las oraciones de los asistentes, en alta voz pidió perdón de sus pecados; luego recibió de manos de los obispos el Cuerpo y la Sangre de Cristo; en fin, les perdonó a sus deudores sus obligaciones, y distribuyó entre los pobres todo el dinero que le quedaba. De retorno en su casa, expiró apaciblemente el 4 de abril de 636” (Cellier, Histoire générale des auteurs sacrés et ecclésiastiques).

Menos de 20 años más tarde, el octavo Concilio de Toledo (653) le rendía a San Isidoro este homenaje: “Un Doctor eminente, la última gloria de la Iglesia católica, posterior por la edad pero no inferior por la doctrina y la vida a sus predecesores, uno de los más sabios en la marcha de los siglos”.

El 9o. Concilio de Toledo en 688 rarificó este juicio. Mejor todavía, el Papa Gregorio Xlll aprobó la celebración en su honor, en la diócesis de Sevilla, de la Misa y del oficio de los Doctores: culto que el Papa Inocencio Xlll, a su vez, extendió a la Iglesia universal (25 de abril de l722).

OBRAS

“Gran erudio y compilador, enciclopedista al estilo de Plinio, extraordinariamente inteligente,de un estilo claro y rápido, que tuvo el mérito de preparar la transmisión a sus contemporáneos y a las generaciones futuras de los que él había abrevado en los clásicos y los Padres” (Daniel-Rops, L’Eglise des temps barbares, p. 367, 446).

Esta apreciación caracteriza muy bien la obra de San Isidoro. Aunque muchas de sus obras desgraciadamente se perdieron, las que quedan son suficiente prueba de la extensión y de la variedad de su saber.

Las “Etimologías”, según la expresión del autor mismo en el Prefacio, “es una obra que trata del origen de ciertas cosas”. Hay en ellas datos tomados de las Instituciones de cartas divinas y humanas de Casiodoro, y la influencia de autores latinos tales como Varrón y Suetonio. Está dividida en 20 libros: l) la Gramática; 2) la Retórica y la Dialéctica; 3) la Ariitmética, la Geometría, la Música y la Astronimía; 4) la Medicina; 5) las Leyes y el tiempo; 6) los Lobros y los Oficios de la Iglesia; 7) Dios, los ángeles y los hombres; 8) la Iglesia y las sectas; 9) las lenguas, los pueblos, los reinos, los ejércitos; l0) las palabras, en orden alfabético; ll) el hombre y los monstruos; l2) los animales; l3) el universo y suspartes, o la cosmología; l4) la tierra y sus divisiones, o la geografía; l5) las ciudades, los campos y los caminos; l6) los minerales y los metales; l7) los agricultores y la jardinería; l8) la guerra y los juegos; l9) los bajeles, los edificios y las vestiduras; 20) la alimentación y la utilería. Es un repertorio y un léxico mucho más que una obra propiamente científica. Según el método indicado y uniformemente aplicado, se trata de que el nombre que designa cada cosa corresponda exactamente a su naturaleza. Desgraciadamente no siempre es así: muchas denominaciones son arbitrarias, e inalcanzable su significación precisa. El precedimiento sistemático al que se ciñe San Isidoro lo lleva muy a menudo a torturar las palabras para descubrir etimologías y a dar explicaciones que no las aclarar. No son más que juegos de palabras, y a veces muy infantiles para ser espirituales.

Las “Diferencias, esto es, la propiedad de los términos”. Un primer libro registra las diferencias de matriz entre ciertas palabras a menudo empleadas indistintamente: por ejemplo, “aptp” y “útil”, teniendo la primera un carácter momentáneo, y la segunda un carácter perpetuo; o también los adjetivos latinos “alter” y “alius”, de los que el primero conviene para destinguir un objetivo de otro, y el segundo para distinguirlo de otros muchos. Esta obra es una especie de pequeño diccionario con 6l0 palabras sinónimas o análogas, clasificadas por orden alfabético y a las que se da una definición sumaria. El segundo libro, dividido en cuatro partes, subraya la importancia de expresiones propias para designar los versos aspectos de los seres: así “Dios” y “Señor” concienen al Ser Supremo, pero lo presentan bajo luces diferentes; así como Unidad y Trinidad; o también, en el hombre esta vez, “alma” y “espíritu”.

A propósito de estas distinciones, San Isidoro proporciona muchas precisiones en las cuestiones más importantes de la teología: atributos de Dios, Persona y doble naturaleza de Cristo, Gracia y libre albedrío, Ley y Evangelio, vida contemplativa y vida activa, etc.

Las “Alegorías” son breves interpretaciones espirituales de nombres o episodios relativos a personajes o palabras bíblicas; l29 del Antiguo Testamento; l2l del Nuevo.

Breves noticias biográficas sobre 69 personajes del Antuguo Testamento, y 22 del nuevo, entre los cuales se considera a Santiago el Mayor como el primer Apóstol de España y el autor de la Epístola que tiene su nombre.

Una introducción general a la Biblia, seguida de una Introducción particular a algunos de los libros de los dos Testamentos: todo muy conciso. Una interpretación mística, evidentemente demasiado imaginativa, de varios nombres citados en los textos de la Escritura.

4l “Cuestiones sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento” resumen la substancia de la enseñanza escrituraria: el Antiguo Testamento es Adán, el pecado, la muerte; el Nuevo Testamento es Cristo, la gracia, la vida eterna.

En las “Explicaciones de los Misterios”, o cuestiones sobre el Antiguo Testamento, San Isidoro da una interpretación mística de los principales acontecimientos referidos en los libros históricos, acontecimientos en los que ve siempre figuras, ora de la vida de Cristo, ora de los desenvolvimientos de la Iglesia. “La Fe católica según el Antiguo y el Nuevo Testamento, contra los judíos”, escrito dedicado por San Isidoro a su hermana Florentina, “para ayudarla a perdeccionar sus estudios”. El objeto de esta obra está claramente expuesto en la epístola dedicatoria: “Que la autoridad de los profetas confirme la gracia de la Fe y demuestre la ignorancia de los jidíos infieles”. En efecto, en el primer libro el autor expone con gran aparato de textos escriturísticos la doctrina católica concerniente a la divinidad de Cristo, su Encarnación, su Pasión, su Resurrección y su segundo Advenimiento para el juicio universal; luego, en un segundo libro, explica la dispersión de los judíos y la vocación de los gentiles. Lo cual le permite concluir así: “Todo esto está contenido en los libros de los hebreos; pero éstos lo leen sin comprenderlo. . . ¡Oh deplorable demencia de los desdichados judíos!”

Tres veces, en estas diversas obras, San Isidoro da la lista de los libros de la Biblia, clasificándolos en dos categorías: los protocanónicos y los deuterocanónicos. Los primeros se distribuyen tradicionalmente en libros históricos, proféticos y hagiográficos. Entre los deuterocanónicos cita los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, tobías, Judith, y los dos libros de los Macabeos, que “la Iglesia tiene por divinos”. En el Nuevo Testamento distingue “el orden evangélico” constituido por los Cuatro Evangelios y el “Orden Apostólico” formado por las Epístolas, de las que l4 son de San Pablo y siete epístolas Católicas de San Pedro, Santiago, San Juan, San Judas, a las que se agregan Los hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Sobre los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, prol. 2-l3. Los Oficios eclesiásticos, l, 2. San Isidoro mismo hizo adoptar en el cuarto concilio de Toledo este canon: “La autoridad de varios concilios y los decretos sinodales de Romanos Pontífices declaran que el libro de Apocalipsis es de Juan el evangelista, y ordenan aceptarlo entre los libros divinos. . . Quien en lo sucesivo no lo acepte o no lo tome para explicarlo, desde la Misa de Pascuas hasta Pentecostés, que sea anatema” (Cant. 7).

Su noción de la inspiración escriturística es también extremadamente clara: “Se debe creer que el Autor de las Sagradas Escrituras es el Espíritu Santo. En efecto, El mismo dictó a los prefetas lo que éstos escribieron” (Oficios Eclesiásticos l, l2).

En fin, de acuerdo con sus antecesores, reconoce en la Sagrada Escritura, aparte del sentido literal o histórico, un sentido espiritual y místico (La Fe Católica, ll, 20) (El Orden de las creaturas, X, 6-7).

“Tres libros de Sentencias”. . . Sentencias sacadas sobre todo de las obras de San Agustín y de San Gregorio Magno. Están allí muy entremezclados los diversos puntos de la doctrina cristiana. Sin embargo, el primer libro trata más especialmente de cuestiones dogmáticas, luego de los atributos de Dios y del origen de la humanaidad, pasando por la Encarnación, la Iglesia y los Sacramentos, hasta el Juicio final. El segundo está más bien consagrado a moral, gracia, virtud y pecado, penitencia y ejemplo de los santos; el tercero pasa a las explicaciones prácticas, oraciones, actitud ante tentaciones y pruebas, contemplación y acción, meditación sobre el sentido de la vida y de la muerte.

Un curioso libro de espiritualidad trae dos títulos aparentemente muy dispares: “Sinónimos” y “Lamentaciones del alma pecadora”. Los dos se justifican sin embargo: el primero, porque el autor, para mejor inculcar su pensamiento, lo repite varias veces en términos diferentes pero equivalentes, casi “sinónimos”; el segundo porque es una especie de examen de conciencia o de soliloquio, en el cual el alma cristiana, en lucha con la tentación y la prueba, describe sus estados sucesivos de anonadamiento tocando la desesperanza, de confianza inquebrantable en la misericordia y de entusiasmo por acoger las penas de la vida en la perspectiva de una reedificación hasta la perfección y la vida eterna. El principio con que empieza el libro: “Más vale morir que vivir mal; más valdría no ser que ser desdichado” . . . conduce por la serie de reflexiones y de consejos a la siguiente conclusión: “Conserva el don de la ciencia que has recibido; cumple con tus obras lo que has aprendiso en la predicación”.

Historiador, San Isidoro escribió dos Opúsculos: uno sobre “El Orden de las creaturas”, que presenta la jerarquía de los seres desde la Santísima Trinidad pasando por los ángeles y los astros, hasta los diversos estados del hombre, en el tiempo bajo la ley del pecado, y en la vida futura después de la resurrección; y el otro sobre “La naturaleza de las cosas”, que resume lo que se sabía, en su época, de la computación del tiempo, de astronomía, sobre variaciones atmosféricas y fenómenos telúricos.

Su “Crónica”, espigando en los trabajos de Rufino, Flavio Josefo, Justino, Eusebio, Julio Africano, traza en l22 parágrafos la historia del mundo. En pos de San Agustín, esta historia universal está dividida en seis edades simbolizadas por los seis días de la creación. Las cuatro primeras edades son las etapas de la historia judía hasta la cautividad de Babilonia; la quinta, a partir de esta época, engloba con el relato de la liberación por Darío rey de los persas los episodios del Reinado de Alejandro Magno y de los ptolomeos de Egipto, y llega hasta el naciemiento de Cristo; la sexta comienza con César y abarca los reinados de los emperadores romanos hasta el decimoquinto año de Heraclio, o sea el 6l6 de la Era Cristiana. Allí se insertan los acontecimientos de España: la invasión del país por los godos, los vándalos y los suevos; luego, las luchas entre estos pueblos bárbaros, las cuales terminan con la victoria decisiva de los “fuertes”, los godos; en fin, después de la heroica insurrección de Hermegenildo, la conversión al cristianismo de Recaredo, la cual trae consigo la de todo su pueblo. Con un orgullo netamente español habla San Isidoro de su país: “Más bello que todos los demás, perla y ornato del universo”.

A imitación de San Jerónimo, y queriendo sin duda completarlo, San Isidoro compuso a su vez un ramillete de “Hombres ilustres”, en el cual de 46 personajes l3 son españoles, y uno de ellos Leandro, su hermano mayor y su predecedor en la sede episcopal de Sevilla.

El tratado de los “Cargos eclesiásticos” está dedicado por San Isidoro a su segundo hermano San Fulgencio. Un primer libro proporciona las indicaciones relativas a la liturgia: celebración de los santos misterios, tanto la recitación o el canto de los salmos, de himnos y cánticos, como los ritos de la Misa; y luego la repartición de solamenidades en el curso del año litúrgico. El segundo libro está dedicado a las funciones de los clérigos, desde el obispo al simple portero y los respectivos papeles de monjes, penitentes, vírgenes, personas casadas y catecúmenos.

De esta obra es de mencionar “una Regla de monjes”, que recuerda la legislación de los monasterios según los Padres de los primeros siglos de la Iglesia.

“San Isidoro fue el primer escritor cristiano que se vio tentado a reunir en una suma todos los conocimientos humanos. Su erudicción era prodigiosa; su estilo, un modelo de concisión y brevedad; el orden de su discurso, admirable” (F.---C. Sáinz de Robles).

“El es el más grande compilador de todos los tiempos” (Eberth).

“Sobre la Escritura, del dogma, la moral, la disciplina y la liturgia San Isidoro resumió la ciencia de su tiempo; pero no en su pensamiento lo que nos transmite sino el de los demás. Se contentó con ser el eco de la tadición cuyos testimonios tuvo el cuidado de recoger y reproducir. Desde este punto de vista, su obra es la más precisa: es la de un discípulo bien enterado, de un testigo autorizado, pero no la de un indicador o la de un maestro” (G. Bareille).

Así es que decepciona él un poco en el sentido de que no proporciona ninguna luz nueva, ninguna precisión ni siquiera en cuestiones en las que podría uno esperar de él algún esclarecimiento. No es de los que han hecho avanzar la verdad; y sin embargo sus obras dejan presentir un genio que de ello habría sido capaz. ¿No es de lamentar el hallar tan sólo un discípulo notable en quien pudo llegar a ser un maestro?

Sólo en un punto, el de las relaciones entre los dos poderes, el temporal y el espiritual, parece haber sido, si no un creador, al menos original, y por lo demás exagerado. Invocaba cientamente los principios enunciados por San agustín sobre el derecho de la Iglesia, no sólo de contar con el apoyo del Estado, sino también de dominarlo, y, llegado el caso, de someterlo a juicio. Este primado de lo espiritual, llevado al extremo, conduce a San Isidoro a no ver ya en el poder civil sino un subordinado de la autoridad eclesiástica, el “brazo secular” encargado “de imponer por el terror la enseñanza y la disciplina que la Iglesia no pudiera de ninguna manera hacer prevalecer por la persuasión”. Utipía teocrálica que contenía en germen los abusos que tan vehementemente reprocharía algún día la Historia de la Iglesia.

No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento, aunque probablemente tuvo lugar entre los años 560 y 570. La familia, de rancio abolengo hispano-romano, provenía de Cartagena. Su padre emigró a Sevilla en el año 554, a causa de la invasión bizantina, y allí se estableció. Murió pronto, dejando como jefe de la familia al hijo mayor, Leandro, que seria luego obispo de Sevilla. Leandro se cuidó personalmente de la formación religiosa, humana y literaria de su hermano menor, Isidoro, que le sucedería como obispo de la ciudad hacia el año 600 0 601. Además de ellos, otros dos hermanos son venerados como santos: Fulgencio, obispo de Écija, y Florentina, que abrazó la vida monástica.

San Isidoro es considerado el último de los Padres en Occidente y ha pasado a la historia como el hombre más sabio de su tiempo. Se le reconoce el mérito de haber hecho de puente entre la ciencia de los antiguos y la Edad Media. Hasta el siglo XII' fue considerado como el oráculo imprescindible en todas las ciencias, una especie de nuevo Salomón. Sus Etimologías figuran entre los libros más citados por los escritores medievales.

Esta obra, la más importante de cuantas escribió, es en realidad un enciclopedia en veinte libros, donde se contienen todos los conocimientos de la época: desde la gramática y las matemáticas, a la medicina y al derecho; desde la teología, la historia y la filosofía, a las lenguas, la geografía, la arquitectura, la botánica... Escribió otras muchas obras, menos conocidas que las Etimologías, entre las que destacan los tres libros de Sentencias, que constituyen una especie de manual de teología dogmática y de ética.

No se conservan datos concretos de su actividad pastoral, que debió de ser intensa si—como él mismo afirma en las Sentencias—el programa de un obispo comienza con la abnegación y la humildad, y continúa con la integridad de vida, el arte de exponer la doctrina, el buen ejemplo, la solicitud por su grey... Como metropolita de la Bética presidió algunos Concilios importantes, como el II Concilio provincial de Sevilla y el IV Concilio de Toledo.
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