Santa Teresa de Lisieux Biografia, Oracion, Imagenes, Historia, Vida, Milagros

Santa Teresa de Lisieux Biografia, Oracion, Imagenes, Historia, Vida, Milagros

Santa Teresa de Lisieux

Pío XI quiso que esta muchacha francesa, que murió cuando sólo tenía veintitrés años, después de siete vividos en clausura, fuera venerada con san Francisco Javier como patrona de las misiones. Había escrito en su diario: «Es este el misterio de mi vocación, de toda mi vida. Jesús no llama a quienes son dignos, sino a quien Él quiere»

En 1907 el papa Pío X, sentado en su mesa de trabajo, halló entre sus manos el "diario" de una hermana carmelita, Teresa del Niño Jesús y del Rostro Sagrado, o según el registro civil. Teresa Martin, que murió a finales del siglo XIX cuando sólo tenía veintitrés años en el Carmelo de Lisieux en Francia, donde aún vivían tres de sus cuatro hermanas: Paulina. María y Celina. La Historia de un alma impresionó tanto al Pontífice que ordenó que enseguida se comenzara el proceso de canonización, que fue rapidísimo. Fue proclamada santa el 17 de mayo de 1925 por Pío XI. Dos años después el propio pontífice quiso que esta muchacha, que en siete años de vida religiosa nunca había salido del monasterio, fuera venerada junto con san Francisco Javier como patrona de las misiones.

Y sin embargo, aquel manuscrito, considerado hoy uno de los textos más importantes de toda la historia de la espiritualidad cristiana, puede decirse que había nacido por casualidad. Fue compuesto en los ratos libres, por la noche, a la luz de una lámpara de petróleo, en líneas tan apretadas que hacen pensar que la única preocupación de Teresa era la de ahorrar papel. Teresa comenzó este cuaderno dos años antes de morir, como acto de obediencia a la madre superiora, que entonces era Paulina, su hermana mayor. En el proceso de beatificación, la propia Paulina lo contó así: «A comienzos del año 1895, una tarde de invierno, mientras estaba con mis dos hermanas (María y Teresa), sor Teresa me contó varios episodios de su infancia, y sor María del Sagrado Corazón (María) me dijo: "Madre mía, qué pena no conservar todo esto por escrito. Si le pidierais a sor Teresa del Niño Jesús que escriba para nosotros sus recuerdos de infancia, ¡cómo nos alegraría!". Ahora mismo, respondí, y dirigiéndome a sor Teresa del Niño Jesús, que reía como si le quisiéramos tomar el pelo, le dije: "Os ordeno que escribáis todos vuestros recuerdos de infancia"».

Teresa nació en Alençon, un pueblo de la Francia septentrional, el 2 de enero de 1873. Sus padres habían tenido ya antes otros ocho hijos, cuatro de ellos muertos en tierna edad. Al matrimonio compuesto por Louis Martin y Zelia Guérin les quedaban cinco hijas hembras, la última de la cual, Teresa, creció rodeada de un cariño particularísimo, sobre todo por parte del padre y de sus hermanas mayores. El diario da gran relieve a los años de la primera infancia. El estilo usado por Teresa está lleno de imágenes y parangones tiernos e infantiles, en una narración conmovida y riquísima en detalles. Teresa parece tener una memoria extraordinaria de los objetos y las emociones de sus años más tiernos. Cita largas cartas de su madre en las que describe su carácter, una niña muy sensible, obstinada, con tendencia al nerviosismo: «Me veo obligada a corregir a esa pobre pequeña que se enfurece terriblemente», escribe la señora Guérin en 1875. «Cuando las cosas no funcionan como ella quisiera, se tira al suelo como una desesperada creyendo que todo está perdido, hay momentos en que es más fuerte que ella, como si la ahogara. Es una niña muy nerviosa, y sin embargo es deliciosa e inteligentísima, se acuerda de todo». La carta va dirigida a Paulina, que fue la primera de las hermanas Martin en elegir el camino del Carmelo, provocando en Teresa ya desde niña el deseo de abrazar la vida religiosa. Por su parte, también Teresa subraya constantemente la fragilidad y sensibilidad extrema que la caracterizaban. Comentando esta carta de su madre, Teresa añade que esta intranquilidad no la abandonaba ni siquiera de noche, y que se agitaba en la cama hasta despertarse llorando por haber golpeado la cabeza contra la pared. Su madre se había visto obligada a atarla a la cama, ayudada por Celina, y Teresa dice: «Este método salió bien, me volví sabia durmiendo». Ya en estas palabras parece estar concentrado el jugo de lo que Teresa, una vez dentro del Carmelo, llamará su "pequeño camino" para llegar a Jesús. Al final de su experiencia, tras años de vida de oración en el monasterio, escribirá: «En verdad, estoy bien lejos de ser una santa, ya esto es una prueba por sí misma; en vez de alegrarme de mi aridez, tendría que atribuirla a mi poco fervor y mi escasa fidelidad, tendría que sentirme desolada porque me duermo (desde hace siete años) en mis oraciones y gracias; pues bien, esto no me preocupa; pienso que los niños pequeños les gustan a sus padres cuando duermen lo mismo que cuando están despiertos, pienso que para operar los médicos duermen a los enfermos. En fin, pienso que "el Señor ve nuestra fragilidad y se acuerda de que somos sólo polvo"».

Con la conciencia de vivir esta frágil sensibilidad, para Teresa está claro desde el principio que es amada de manera particular, sin ningún mérito personal. Esta percepción va ligada sobre todo a la veneración que Teresa demostró hacia sus propios padres (cuya causa de beatificación ha comenzado ya). Su padre Louis era un hombre de profunda fe cristiana, que en su juventud había pensado abrazar la vida religiosa. Su "rey", así lo llamaba la pequeña Teresa, que se sintió amada por el padre como una predilecta. «¿Qué puedo decir», cuenta Teresa, «de las tardes de invierno, sobre todo las del domingo? Qué dulce era para mí, tras la partida de damas, estar sentada con Celina en las piernas de papá. Con su bella voz cantaba arias que llenaban el alma de pensamientos profundos, o bien, acunándonos dulcemente, decía poesías llenas de verdades eternas. Luego subíamos para rezar juntas, y la minúscula reina estaba sola junto a su rey: sólo tenía que mirarlo para saber cómo rezan los santos… Al final desfilábamos todas, por orden de edad, a dar las buenas noches a papá y recibir un beso; la reina iba naturalmente la última; el rey, para abrazarla, la agarraba por los codos, y ella le decía de corrido: "Buenas noches, papá, buenas noches, que duermas bien"... En verdad, todo me sonreía en esta tierra. Hallaba una flor a cada paso, y mi carácter feliz contribuía a hacerme agradable la vida: sin embargo comenzaba un nuevo periodo para mi alma... Del mismo modo en que las flores de primavera comienzan a despuntar bajo la nieve y brotan a los primeros rayos, la flor humilde de la que escribo tuvo que pasar por el invierno del sufrimiento».

Esta época feliz concluyó, efectivamente, de manera traumática con la muerte de su madre, de cáncer de pecho cuando Teresa aún no había cumplido cinco años.

Así comienza el segundo periodo de la vida de Teresa, «el más doloroso de los tres... Este periodo va de mis cuatro años y medio a los catorce, es decir, hasta que volví a encontrar mi carácter de niña a un entrando en el periodo serio de la vida».

Teresita eligió a la hermana Paulina como madre adoptiva, la misma que hallará durante tres años en el Carmelo como madre superiora En noviembre de 1877, la familia Martin se trasladó de Alençon a Lisieux, donde vivía un tío de Teresa, Isidoro Guérin, con su mujer Elisa. De este modo Louis Martin recibiría ayuda en la educación de las cinco hijas. En Lisieux los Martin alquilaron una bonita casa con jardín, Les Bouissonnets. En estos años la vocación de Teresa madura gracias a algunas circunstancias, siendo la primera de ellas el ingreso en el Carmelo de Paulina, en 1882. En un estema dibujado al final de uno de sus cuadernos, Teresa enumera las fechas que marcaron su vida. Tenemos el 10 de mayo de 1883, día de la "Sonrisa de la Santa Virgen". Es el día de la curación repentina de Teresa de una grave enfermedad, gracias a la intercesión de la Virgen. Luego vemos la Nochebuena de 1886, en la que Teresa abandonará para siempre su carácter excesivamente sensible y su inclinación al llanto, entreviendo en este repentino cambio la acción segura de la gracia de Dios. Teresa lo señala en el estema como el día de su conversión. «Aquella noche en la que Jesús se hizo débil y sufrió por amor a mí, me hizo fuerte y valerosa, me vistió con sus armas... El manantial de mis lágrimas se secó y no volvió a abrirse más que raramente... Teresita había vuelto a encontrar el ánimo que había perdido a los cuatro años, y desde entonces lo conservaría para siempre... Sentí que la caridad me entraba en el corazón, con la necesidad de olvidarme de mí misma y favorecer a los demás, y desde entonces fui feliz».

En junio de 1887 Teresa oye hablar de la historia de Enrice Pranzini, un asesino condenado a muerte, culpable entre otras cosas del asesinato de un niño, y comienza a rezar cada día por la salvación de su alma. La oración fue escuchada. Pocos días después de la ejecución, Teresa lee en el periódico que Pranzini, antes de subir al patíbulo, había pedido un crucifijo y lo había besado tres veces. Tras aquella experiencia, decidirá ofrecer definitivamente su vida para la conversión de los pecadores.

Así comienza el vuelo decisivo de Teresa hacia el monasterio. Tan decidida estaba que inmediatamente manifestó a la familia su intención de entrar enseguida en el Carmelo, a pesar de su joven edad.

La oposición de los superiores eclesiásticos fue fuerte. Teresa entonces los pilla a todos desprevenidos. En noviembre de 1887 sale para Roma con su padre en peregrinación diocesana. Durante la audiencia de los peregrinos con el Papa, el austero y anciano León XIII, esta chiquilla de quince años, tras arrodillarse ante el Pontífice para el saludo ritual, le dirige inesperadamente la palabra: «Santo Padre, he de pediros una gran gracia, permitidme que entre en el Carmelo a los quince años». El Papa se queda traspuesto. -La emoción», cuenta Teresa, «hizo que me temblara la voz de modo que el Santo Padre, dirigiéndose a Monseñor Reverony (el prelado que acompañaba al grupo, n. de la r.), el cual me miraba asombrado y molesto, dijo: "No comprendo muy bien". "Beatísimo Padre, respondió el vicario general, "esta niña que quiere entrar en el Carmelo a los quince años, pero los superiores están examinando ahora la cuestión". "Pues hija", respondió el Papa, "haced lo que os digan los superiores. Entonces, apoyando las manos en sus rodillas, intenté realizar un último esfuerzo y dije con voz suplicante: "¡Oh. Beatísimo Padre, si dijerais que sí todos estarían de acuerdo!". Me miró fijamente y pronunció estas palabras subrayando cada una de sus sílabas: "Bien, bien. Entraréis si Dios quiere"».

Teresa se queda atónita y sin palabras. «Dentro de mi corazón sentía una gran paz, puesto que había hecho todo lo posible para hacer lo que Dios me pedía, pero aquella paz estaba muy en lo hondo, y la amargura me colmaba el alma, porque Jesús callaba. Parecía ausente, nada revelaba su presencia».

Teresa introduce entonces en su diario la imagen de la "bolita", que la acompañará durante muchas de las páginas que narran su vida en el monasterio: «Hacía tiempo que me había ofrecido al Niño Jesús, le había dicho que me utilizara no ya como un juguete de valor, sino como una bolita sin valor que podía tirar al suelo, empujar con el pie, agujerear, dejar de lado, apretar contra el corazón, a su gusto; en una palabra, quería divertir al Niño Jesús, darle gusto, quería abandonarme a sus caprichos infantiles. En Roma, Jesús agujereó a su juguete, quiso ver qué había dentro de él y, tras haberlo visto, contento de su descubrimiento, dejó caer la bolita y se durmió...».

Leyendo estas líneas uno se asombra por el modo infantil que tiene Teresa de hablar de su relación de, pertenencia a Jesús. Pero toda la sabiduría de Teresa estriba en ser como una "niña", abandonada a la gracia de Dios. Al final de su experiencia. Teresa tendrá de ella una conciencia lucidísima, y la formulará con la imagen del "pequeño camino": «Siempre he deseado ser una santa, pero, por desgracia, siempre he constatado cuando me he parangonado a los santos que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena oscura, pisoteada por los pies de los que pasan. En vez de desanimarme, me he dicho.- el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por eso puedo, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad; llegar a ser más grande me es imposible, he de soportarme tal como soy, con todas mis imperfecciones; sin embargo quiero buscar el medio de ir al Cielo por un camino bien derecho, muy breve, un pequeño camino completamente nuevo.

Estamos en un siglo de invenciones, ya no vale la pena subir escalones, en las casas de los ricos hay un ascensor que los sustituye con ventaja. Quisiera yo también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección.

Entonces busqué en los libros santos la indicación del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras pronunciadas de la Sabiduría eterna: "Si alguien es pequeñísimo, que venga a mí" (Pr 9,4). Entonces vine, pensando que había encontrado lo que buscaba; y para saber, oh Dios mío, lo que tú harías al ser pequeñísimo que respondía a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: "Como una madre acaricia a su niño, así os consolaré, os llevaré en mi corazón, y os pondré sobre mis rodillas" (Is 66,13)».

Teresa consiguió bien pronto el permiso deseado, entrando efectivamente en el Carmelo de Lisieux en 1888, para hacer su profesión perpetua dos años más tarde, el 8 de septiembre de 1890. «Vine», dijo en aquella ocasión, «para salvar las almas y sobre todo a rezar por los sacerdotes».

Con el primer ingreso y hasta la enfermedad de su último año, la vida de Teresa fue como un continuo y escondido ofrecimiento de sí misma por la salvación de los pecadores. Marcada sin duda también por momentos de grandes sufrimientos. La primera tuvo que ver con la noticia de la enfermedad de su padre, que perdió progresivamente la salud mental y transcurrió en un sanatorio los últimos tres años de su vida, hasta su muerte. La segunda y más incisiva fue la repetida experiencia de una profunda aridez espiritual, que la llevará en 1896 al borde de una completa crisis de fe. En aquellos días escribió: «Quisiera expresar lo que pienso, pero creo que es imposible. Hay que haber viajado por este túnel tenebroso para comprender su oscuridad... Cuando quiero que repose el corazón de las tinieblas que lo rodean, recordando el país luminoso al que aspiro, mi tormento es doble... Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida... El velo de la fe ya no es un velo para mí es un muro que se levanta en los cielos y cubre las estrellas».

A pesar de ello. Teresa no renunciará nunca a vivir únicamente de la gracia ce Dios tal como Él la quiere conceder, abandonada a su voluntad, sin buscar sucedáneos o intentar ei camino de una ascesis dictada por su propia voluntad: -Si Jesús quiere dormir, ¿por qué se lo tengo que impedir? Me encanta que se encuentre a gusto conmigo... y si Él parece olvidarme, pues es libre de hacerlo, porque ya no soy mía, sino suya… Se cansará antes El de hacerme esperar que yo de esperarle».

Ya durante los tres meses antes de su ingreso en el Carmelo. Teresa observa que había decidido llevar una vida -seria y mortificada». Pero inmediatamente después añade: «Cuando digo mortificada no es para dar a entender que hacía penitencias, por desgracia nunca las hice, bien lejos de parecerme a las almas hermosas que desde la infancia practicaban todo tipo de mortificaciones, no sentía por ellas ningún tipo de atracción... siempre me ha gustado que me mimaran como un pajarillo que no necesita hacer penitencia». En este nivel es donde Teresa, que nunca en su vida se había manchado con un pecado mortal, se sintió particularmente unida a los grandes pecadores, que obtienen misericordia: «Mis protectores en el Cielo, mis preferidos», escribía en una carta, «son quienes han robado, como los santos inocentes y el buen ladrón. Los grandes santos se lo ganaron con sus obras: yo quiero imitar a los ladrones, quiero conseguirlo con la astucia, una astucia de amor que abrirá su entrada a mí y a los pobres pecadores. El Espíritu Santo me anima, porque dice en los Proverbios: "Oh tú que eres pequeñísimo, aprende de mí la astucia" (Pr 1,4)».

En los años de la vida monástica, como decíamos, el corazón de Teresa quedó en las manos de Jesús, de quien recibió gracias grandísimas en una cotidianidad hecha de gestos habituales, sin salirse de lo común, a pesar de la tentación de la duda y la prueba de la completa oscuridad espiritual. Recordando los comienzos de su vida monacal Teresa escribe: «Con qué profundo gozo repetía estas palabras: "Para siempre, estoy aquí para siempre...". Felicidad no efímera, que no iba a esfumarse con las ilusiones de los primeros días. Las ilusiones... Dios me hizo la gracia de no tenerlas entrando en el Carmelo; hallé la vida religiosa tal cual me la había imaginado, ningún sacrificio me ha asombrado, y sin embargo mis primeros pasos encontraron más espinas que rosas... Durante cinco años fue ese mi camino; pero fuera nada revelaba mi padecimiento, mucho más doloroso porque sólo yo lo conocía». Y sin embargo, tras contar aquellos cinco años, concluye: «Durante los últimos años he comprendido muchos misterios escondidos para mí hasta entonces, y el Señor usó conmigo la misma misericordia que con el rey Salomón. Él no ha querido que yo tuviera un solo deseo que se quedara insatisfecho, no sólo en mis deseos de perfección, sino incluso aquellos que yo sabía que eran fútiles, pero sin haber experimentado su futilidad». Aquí hace una gran lista: la nieve caída el día de su vestición, la posibilidad de pintar y escribir poesías incluso en el monasterio, el haber vuelto a hallar en el jardín del Carmelo las flores de su infancia en Alençon: «Había también una florecilla, el toronjil, que nunca había encontrado durante todo el tiempo que vivimos en Lisieux: pues bien, aquella flor de mi infancia, que había cortado en la campiña de Alençon, vino a sonreírme al Carmelo, y a mostrarme que el Señor, tanto en las pequeñas cosas como en las grandes, da el céntuplo ya en esta vida a las almas que por Él han dejado todo».

En los últimos tiempos Teresa mantendrá correspondencia con dos padres misioneros, uno de ellos enviado a Canadá, y el otro a China, y acompañará constantemente la misión con sus oraciones. Por esto también quiso Pío XII asociarla en 1927 a Francisco Javier como patrona de las misiones.

Teresa, tras haberse ofrecido totalmente al amor misericordioso de Jesús para la conversión de los pecadores, entra el Jueves Santo de 1896 en el último breve recorrido de su vida, marcado por la manifestación y agravamiento de la tuberculosis, por la que muere rodeada por su comunidad, el 30 de septiembre de 1897.

El misterio de esta muchacha, que en nuestro siglo ha conocido una gloria espectacular de milagros y conversiones (muchas de las cuales ligadas a la lectura de la Historia de un alma, que conoció enseguida una excepcional difusión en todo el mundo), testimoniada por los miles de cartas de agradecimiento llegadas durante todos los años al Carmelo de Lisieux, cantada en el espléndido cuento de Roth, La leyenda del Santo bebedor, está quizás en las primeras páginas del "diario" de Teresa: «Este, precisamente este es el misterio de mi vocación, de mi vida entera, y particularmente el misterio de los privilegios de Jesús sobre mi alma. Jesús no llama a los que son dignos, sino a quien El quiere, o, como dice san Pablo: "Dios tiene piedad de quien quiere Él, y es misericordioso con quien Él quiere. No es, pues, obra de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia" (Rm 9,15-16).

Pero es en las últimas páginas donde Teresa se acerca más a nosotros, acompañando hoy nuestro común camino de cristianos, e indicando una última vez su "pequeño camino" como algo posible para todos. Por esto queremos concluir con las mismas palabras con que termina la Historia de un alma: «Y pues Jesús subió al Cielo, puedo seguir sólo el rastro que Él dejó, ¡pero es un rastro tan luminoso, tan perfumado! Con sólo dar una ojeada al Santo Evangelio respiro el perfume de la vida de Jesús, y sé a qué parte correr... No me lanzo hacia el primer lugar, sino hacia el último: en vez de avanzar con la oración del fariseo, repito, llena de confianza, la oración humilde del publicano, sobre todo sigo el ejemplo de la Magdalena. Su audacia estupefaciente, o mejor dicho amorosa, que encanta el Corazón de Jesús, seduce el mío. Sí, lo siento, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que se puedan cometer, iría, con el corazón partido por el arrepentimiento, a echarme a los brazos de Jesús».
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